Aborto e ignorancia eclesiástica


El hombre, todo hombre nacido en la Tierra, está integrado por una triple triplicidad (mónada, alma y personalidad). Esta información fue publicada en 1889 (“La Doctrina Secreta”, Helena Blavatsky), ratificada en 1930 (“La Curación Esotérica”, Alice Bailey), y explicada en numerosos libros y estudios científicos más modernos. Reproducimos un fragmento del libro de Alice Bailey, por su precisión científica, su belleza poética y su utilidad para justificar el título del presente artículo:

La manifestación del cuerpo etérico, en tiempo y espacio, contiene en sí lo que ha sido esotéricamente llamado ‘los dos momentos brillantes”. Tenemos, primero, el momento previo a la encarnación física, cuando la luz descendente (trayendo vida) se enfoca con toda su intensidad alrededor del cuerpo físico y establece una relación con la luz, innata en la materia misma, que existe en cada átomo de sustancia. Esta luz enfocada se concentra en siete zonas de su infranqueable, creando así siete centros mayores que controlarán su expresión y existencia en el plano externo, esotéricamente hablando. Es un momento de gran esplendor, trasformándose casi en un punto de luz palpitante convertido en una llama, y como si dentro de esa llama los siete puntos de intensificada luz adquirieran forma. Este elevado punto en la experiencia de la venida a la encarnación tiene lugar, durante un breve período de tiempo, antes del nacimiento físico. Ello determina la hora del nacimiento. La siguiente fase del proceso, tal como la ve el clarividente, es la etapa de interpenetración, durante la cual “los siete se convierten en veintiuno y luego en los muchos”; la sustancia luz, el aspecto energía del alma, comienza a compenetrar el cuerpo físico, y se completa el trabajo creador del cuerpo etérico o vital. El primer reconocimiento de esto en el plano físico es el “sonido”, proferido por el niño recién nacido, culminando el proceso. El acto de la creación, por el alma, se ha completado: una nueva luz brilla en un oscuro lugar.

El nacimiento es el momento de la encarnación del alma. No la concepción. Hasta ese momento luminoso de la encarnación, el feto es un animalito de diseño divino (como lo son también las mariposas o las orugas), pero no es un individuo humano. Entonces, el cuidado, la protección de la vida y el respeto por un ser humano deberían ser diferenciados del cuidado y la protección a la vida nonata en el útero, en particular si existen posibilidades de riesgo para la integridad biológica, emocional y/o intelectual del ser humano portador de esa vida animal nonata. Este enfoque no está en contradicción con los “tratados internacionales que defienden el derecho a la vida desde el instante de la concepción”, que aducen los defensores a rajatabla de posiciones ignorantes antiabortistas, sustentadas por fundamentalistas recalcitrantes con conceptos ya muy atrasados y viejos. Las lechugas y las moscas tienen el derecho a la vida, pero es necesario reconocer una escala diferencial respecto de la defensa del derecho a la vida de un ser humano, un animalito, una planta y una roca. Toda vida humana es un milagro viviente, una creación divina evolucionante que debemos respetar como lo más excelso de la vida manifestada en la Tierra. No se puede torturar y matar a un ser humano porque piensa distinto. Ni física, ni emocionalmente, ni psicológicamente. Algunos eclesiásticos partidarios del castigo al pecado (de los que piensan diferente), sostienen con odio posiciones públicas que en realidad los alejan de la práctica del Undécimo Mandamiento: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Deberían aprender a odiar(se) menos y a amar(se) más, en particular a los seres humanos que son parte de la Humanidad Una.

sidereh@datamarkets.com.ar /Universidad Nacional del Alma