DE TRAIDORES Y TRAICIONES

 

 

El diseño humano es para no reconocer a ninguna otra autoridad más que la de la propia Alma. De allí la notable cantidad de traiciones a nosotros mismos que cometemos cotidianamente.

 

Esta traición repetida es lo que más hemos practicado. Desde que el Alma encarna, en el momento preciso del nacimiento, hasta que decide desencarnar, existe en nosotros un núcleo sabio, por el que tenemos la indicación precisa de lo que es bueno, bello y verdadero. Para cada uno. Somos tan íntegros, que el Maestro es interno.

 

Sin embargo, tomamos decisiones generalmente motivadas en el miedo, la bronca, u otro tipo de aparentes conveniencias de seguridad externa, que se fundan en la ignorancia de lo que es un ser humano, o en creencias obsoletas que hemos asumido como verdaderas. Albert Einstein decía que es más fácil destruir un átomo que una creencia. También nos informaba que reconocía sólo dos cosas infinitas: Dios y la estupidez humana. Y que no estaba seguro de la primera…

 

Judas es un ejemplo paradigmático. Entregó a Jesucristo porque creía que el Maestro podía convencer a los sacerdotes judíos y a los romanos de su condición de Salvador del Mundo. Cuando le dieron los 30 denarios se ahorcó. Porque no creía lo que el mismo Maestro le había informado en la Última Cena: que era necesario que uno de sus discípulos lo traicionara para que Él pudiera resucitar de entre los muertos. Nosotros, en general, no creemos en lo que dijo: “Haréis cosas más grandes que las que Yo hice”.

 

Dante Alighieri, hace más de siete siglos, prefiguraba la actualidad argentina, a través de su famoso libro “Inferno”, escrito después de “Paradiso”, lugares que conoció buscando a su fallecida amada Beatrice. El Dante relata que el infierno tiene 9 niveles hacia abajo, de los cuales los tres últimos nos describen la reciente realidad argentina. El séptimo nivel corresponde a los violentos, grupo sufriente que nuclea tanto a los terroristas comunes como a los terroristas del Estado, bombardeadores, violadores, torturadores y desaparecedores. En el octavo nivel del infierno conviven penosamente juntos los traficantes y usureros, responsables de haber convertido a nuestro país en un paraíso de la droga, fomentado por leyes que posibilitan las desastrosas experiencias nocturnas de nuestros adolescentes, y responsables del advenimiento de las letales deudas externas. En el último nivel, el noveno, conviven (o convivirán) incómodamente apretados con los peores diablos, los traidores a la Patria, que somos todos los argentinos que ganamos dinero aquí y lo depositamos en el extranjero. Al respecto, los judíos nos informan que las palabras sangre y dinero tienen la misma raíz. Si le falta sangre a cualquier célula de nuestro cuerpo, el cuerpo enferma. Si le falta dinero a cualquier habitante, la Nación está enferma. Por eso lo del noveno nivel. Lo que indica que ya estamos cerca del fondo…

 

Son traidores los servidores públicos que no toman sus decisiones según el paradigma del “mayor bien para el mayor número de personas”, que tiene una expresión milenaria: “dar de comer al hambriento y de beber al sediento”. O “los que saben y pueden se ocupan de los que no saben ni pueden”. Estos traidores son responsables del desamparo social vigente.

 

Estas descripciones someras de nuestras traiciones más notables nos permiten reconocer lo verdadero de una información reciente: el infierno no existe, pero dicen que la Argentina se le parece mucho… Y como decía Carl Rogers: “Para transformar algo, primero es necesario reconocer que ese algo existe”.