La quinta polaridad de la Resurrección:

Inclusividad – Exclusión

La Trascendencia:

“Ama a tu prójimo COMO A TI MISMO”

 

 

El más grande pecado que podemos cometer los humanos se denomina separatividad. El segundo peor se llama acidia.

 

Con estos términos poco conocidos tanto en los ámbitos eclesiásticos como en los científicos y también en los televisivos, intentaremos comprender las razones de tanto sufrimiento inútil en que nos vemos sumergidos. Porque si ignoramos lo peor que podemos cometer contra cualquier persona, resulta muy difícil convivir en armonía. Y como ya sabemos que la calidad de cualquier vida depende directamente de la calidad de las relaciones que podamos generar y sostener, ello significa que no hemos aprendido, todavía, a vivir en plenitud. Pero, como veremos, ya nos ha sido indicada la teoría. Solamente hay que comenzar a aplicarla.

 

El pecado de separatividad reconoce orígenes perdidos en lo profundo de los tiempos, y ha generado una parte sustancial de las 256 guerras habidas durante el siglo XX. Entre ellas, la masacre del “pueblo elegido por Dios” en las cámaras de gas construidas por la “raza elegida”. Pero la más terrible de las separaciones (e igualmente letal) fue la instituida por las iglesias en el Concilio Vaticano de Constantinopla (hoy Estambul) en el año 869, del que surgió el decreto que considera “hereje” a toda persona que se considere de origen divino, o que pueda sostener vínculos directos con Dios. Este decreto, aún vigente, fue custodiado por la “Santa” Inquisición, generando muchos millones de torturados y quemados vivos en las hogueras encendidas por los únicos intermediarios “auto-autorizados”. Los Cátaros, Juana de Arco, Giordano Bruno, las “brujas” de Salem, entre las víctimas más notorias. Este genocidio fue reconocido por el Papa Juan Pablo II hacia fines del siglo XX, cuando pidió perdón la Humanidad por los crímenes de la iglesia. Pero este “mea culpa” fue inmediatamente desconocido por una acordada entre los obispos que ratificó la infalibilidad de la iglesia. Sin embargo, lo más tremendo de este pecado han sido la generación de la cultura más materialista de la historia y un modelo mental de dependencia, donde cada uno se completa con algo o con alguien afuera, desconociéndose el diseño de divinidad e integridad individual de todos y cada uno de los seres humanos. Las consecuencias de lo primero nos fueron anticipadas por Dante Alighieri alrededor de 1310, donde nos indica que los tres niveles más profundos de su “Inferno” están ocupados por los violentos, los usureros y los traidores a la Patria, respectivamente. Esta condición de crueles desalmados que nos revelan los juicios a los responsables del Holocausto, del Proceso, y que hoy se repiten en Grecia y España, es una consecuencia directa de este modelo de pensamiento separatista y materialista, Toda cultura que desconozca que cada ser humano es lo más excelso de la Creación, está destinada a desaparecer. Además, la falta de reconocimiento de la divina integridad individual ha generado las peores relaciones que se puedan imaginar. Jesucristo lo sabía cuando nos advirtió que “No habrá peor enemigo para un hombre que los miembros de su propia familia”. Todo intento de completarse con otro, de poseer al otro, es nefasto, porque es ignorante y anticientífico. La separación cultural entre cada individuo y su Alma ha tenido consecuencias que sólo pueden resolverse por medio de la aceptación del concepto de inclusividad, y su práctica constante.

 

Este déficit de amor al prójimo está en realidad originado por el pecado de acidia. Que consiste en saber lo que es bueno, bello y verdadero, y no hacerlo. Lo bueno, lo bello y lo verdadero para cada uno. Y lo peor del pecado es obligarnos a hacer algo que no nos gusta. Lo cual implica una cadena de traiciones cotidianas que nos atan al miedo y a la bronca, que no es más que es otro nombre del miedo. Y la vida se torna miserable, es decir, desconectada de la fuente de amor que es la propia Alma. Dejamos de querernos, de cuidarnos, de apreciar nuestra integridad y la belleza de nuestra divinidad inmanente. Si uno no se quiere, no se aprecia, no se cuida y no de ama a sí mismo, nadie podrá hacerlo por nosotros. Y seguiremos buscando afuera y echándoles la culpa a otros y luchando contra algo, hasta que aprendamos a amarnos. Notables consecuencias de la separación cultural entre cada hombre y su Alma.

 

No obstante, la Nueva civilización del Amor ya ha nacido en 1945, y está creciendo impulsada por los constructores, al tiempo que los destructores cumplen su tarea de “no dejar piedra sobre piedra” de un orden social obsoleto, materialista e inservible al Proceso Evolutivo. Son éstos los tiempos de cosecha, en los que se separará la paja del trigo, donde los que amen (tres quintas parte de la humanidad) continuarán la tarea de construir una nueva Tierra y un nuevo Cielo. El resto de los humanos, si no logran conectar la alegría por la acción conjunta de las energías combinadas de Plutón (que destruye las corazas), Neptuno (que provee una oleada de Amor Universal) y Urano (que posibilita encender los fuegos internos del entusiasmo), serán ubicados en otros ámbitos de existencia, donde tendrán el tiempo necesario para practicar la miseria, hasta que aprendan, por su propia voluntad, a elegir los caminos del amor. Este tiempo designado es “Hasta que el último cansado peregrino regrese al Hogar del Padre”. Como verán, los acontecimientos actuales responden a un diseño estupendo y amoroso, del que ningún ser humano ha sido excluido. Como rezan las Escrituras, “le será dado a cada quien según su necesidad”. Tanto a lo que amen, como a los que todavía necesiten odiar y excluir a otros.

 

Repetimos la teoría (llamada el Undécimo Mandamiento), por su actualidad y utilidad concreta en nuestra vida cotidiana:

 

Ama a tu prójimo COMO A TI MISMO”

 

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