JUNIO

 

En griego antiguo se escribe Skiroforiwn (Esciroforión), que significa el 12º mes del año, dedicado a Atenea, en el que se celebraban sus fiestas, probablemente la fiesta de las sombrillas o parasoles.

 

Atenea nace de la cabeza de Zeus, gracias a un certero hachazo que le propinara Hefesto. Por ello representa la Mente de Dios, octava inferior de Apolo y octava superior de Hermes (Mercurio), la mente inferior que nos oculta la Verdad. La primera acción de este hijo de Zeus y de Maya consistió en robarle las vacas a Apolo. Las vacas de Apolo, el Dios Sol, representan la Verdad. Esta triple manifestación de la mente coexiste en cada ser humano desde el nacimiento hasta la muerte, pero sólo somos conscientes de la más inferior durante muchas vidas.

 

Junio reúne las energías de Géminis y Cáncer, cuyos regentes son Mercurio y la Luna, respectivamente. Simbólicamente, toda la humanidad está transitando desde Géminis-Cáncer (conciencia de rebaño representada por Mercurio y la Luna, que no tiene luz propia), hacia Leo (conciencia individual representada por el Sol inmanente).

 

Parece un hecho lamentable que la inmensa mayoría de nosotros viva todavía en la Luna, pero es una realidad que se verifica cotidianamente porque si operáramos desde el Sol, seríamos individuos autónomos, íntegros y felices. Habríamos dejado de intentar completarnos con algo o alguien afuera, para concretar la integridad que es un proceso interior, íntimo, estrictamente individual. Nadie puede hacerlo por nosotros, y tampoco se lo podemos “hacer” a nadie.

 

Este tránsito desde la mente inferior tomada por las emociones (Géminis-Cáncer), hacia la conciencia individual iluminada por el Alma, continuando hasta alcanzar la Mente de Dios, es la epopeya humana que conocemos gracias a Hércules, Buda y Cristo, que lo hicieron antes y nos dijeron que haríamos “cosas más grandes”.

 

Para los antiguos griegos, la fiesta de los parasoles probablemente representaba la metáfora de que los cerebros humanos todavía no estaban preparados para recibir la iluminación, tal como lo testimonia el mito de Tiresias, quien quedó ciego instantáneamente cuando se atrevió a espiar a Atenea cuando la diosa estaba desnuda.

 

Luego de un millón de años, nuestros cerebros están preparados.