“No nos une el amor, sino el espanto…”

 

“… será por eso que la quiero tanto”,  escribía Borges refiriéndose a Buenos Aires. Haría falta un volumen grande de metafísica moderna y de mitología griega para llegar a captar la estupenda síntesis que encierran las palabras de nuestro juglar, todavía tan incomprendido para muchos como incomprensible para otros.

 

El amor no es emoción. Es razón pura. Tal como simbolizaron los griegos con el mito de Afrodita (Venus), la diosa del amor. Una cosa es el Amor y otra cosa es el querer.

 

Pero todos vivimos en un estado de conciencia tan deplorable que se mezclan las emociones con la razón de un modo dramático, ejemplificado en el trabajo en el que Hércules (en su camino a la inmortalidad) tiene que concentrar y conducir a las 20.000 yeguas devoradoras de hombres, que simbolizan los pensamientos humanos controlados por emociones desbocadas, que producen crueldad, miedo, bronca, odio, calumnia, envidia, asco, repulsión y 19.992 motivaciones más, todas ellas conducentes al sufrimiento inútil propio y ajeno. El único antídoto para tanta ignorancia y tanta pelotudez es el amor.

 

En cada individuo humano (indiviso, íntegro) conviven simultánea e incómodamente los dos polos que Platón primero y algún artista luego, denominaron la Bella y la Bestia. La Bella es la sede del Amor, de la Sabiduría y de la Voluntad. La Bestia se conecta fácilmente con el miedo y el odio (que no es más que uno de los 20.000 nombres del miedo). Estamos hablando del Alma y su compañera para esta vida. La Personalidad.

 

Cuando prevalece la Bestia (que en nuestro bendito país hemos identificado con el nombre de gorila), nuestras decisiones no son inteligentes ni amorosas. Cuando prevalece la Bella, surgen la inclusividad, la integridad, la belleza, el amor, la inofensividad y la voluntad de persistir  a pesar de todo.

 

El resultado de las elecciones en nuestra Ciudad Autónoma de Buenos Aires ha revelado esta dicotomía argentina que en realidad es una condición de diseño de todo ser humano nacido en la Tierra, un planeta hermoso destinado a consagrarse al Amor, con el tiempo. Mientras tanto, en esta transición dificultosa, tenemos que aprender de los poetas. Tanto del espanto de Borges como del asco de Fito Páez (salvando todas las distancias intelectuales que perciban), como manifestaciones claras de nuestra propia dualidad. Por eso, a Videla hay que amarlo, aunque nos genere espanto. A lilita es preciso amarla, aún cuando nos conecte con el asco…

 

El único camino posible es reconocer que TODOS somos uipidiles, seres únicos e irrepetibles, poderosos, inmortales, divinamente inteligentes y libres, no importa nuestro aparente grado de crueldad y/o pelotudez. Y que lucharemos hasta que aprendamos a amarnos. Hasta que aprendamos a trascender el miedo y la bronca, y prevalezca el amor en cada corazón humano. Y logremos así realizar el Undécimo Mandamiento: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

 

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